Corrí en seguida a esconderme de mi verdad.
Sabía que no tendría ninguna escusa para dar la cara, así que me fui corriendo por las calles de esa ciudad de dos colores: azul y adobe. Parecía el Tetris, pero el tiempo lo fue destruyendo. Al fin consiguieron dar conmigo, cuando me miraba él, el más mayor, me sentía muy chica. Al final me ha llevado en coche, dos alante y tres atrás. Los más altos iban atrás.
En el caserón, dónde todo el mundo reproducía todos aquellos momentos en que yo no podía haber estado, me pidieron que me fuera a otra parte. Me fuí, me fui al establo. Allí había un montón de mesas apiladas, no eran sólo mesas, contaban historias. Aunque no contaban historias, porque eran pianos; tampoco, eran pianos, eran pianolas reproduciendo simultamneamente todos música, al final me venían a buscar, tenían miedo de que la armase. Miré por última vez a estos instrumentos y marché, ya sabía que no volvería.
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