Llegué a casa muerta de hambre, la clase había comenzado pronto y no me había dado tiempo a comer. Le propuse a Javi salir a dar un paseo y comprar cualquier cosa con tal de llenar el estómago.
Nada más avanzamos una calle un montón de gente dificultaba nuestro camino.
-No te da la sensación como si todos salen de un mismo punto, como si hubiese acabado un acto.- dijo Javi abrumado por el cansancio de la noche anterior.
Al poco tiempo lo empecé a notar, nos dirigíamos a contracorriente.
Después del pequeño festín nos alejamos del bullicio insoportable y pronto estuvimos en las periferias de la ciudad. Pasamos por delante de aquella casa donde siempre hemos querido vivir. Hacia la entrada del portal se hallaba un pequeño jardín salvaje y en la ventana de la supuesta casa había un hombre que miraba a la calle fijamente. Le miré a los ojos y señalé, él respondió siguiéndonos con la mirada.
Pasamos la casa y descubrimos pequeñas huertas cercadas por verjas de color blanco. Las sombras de los postes que proyectaban la luz de la farola recortaban de un modo muy bonito las verjas blancas. Las huertas daban a una carretera desierta y de vez en cuando nos alcanzaba algún coche que pronto desaparecía. Giramos a la izquierda, un pequeño camino de tierra y bancos daba a un puente. El puente finalizaba en un parque que se dividía en dos caminos a orillas del río. Primero tomamos el camino de la izquierda hasta su final. Retrocedimos en nuestros pasos y avanzamos por el camino de la derecha.
Con la oscuridad no distinguíamos bien las figuras. Había un árbol grueso que a medida que nos acercábamos tomaba forma.
-¡Mira ese árbol! ¡Parece un unicornio!¡Parece un unicornio de espaldas que nos está mirando!- le dije.
En ese momento aquella figura se volvió hacia nosotros y evidentemente era un caballo blanco.
Ambos nos quedamos petrificados.
Para mi ese animal no era un caballo, era mi unicornio blanco. Se mostraba frente a nosotros sereno y firme. Ni Javi, ni yo, ni en caballo se movió ni parpadeó por unos instantes. Nuestro corazones latían con fuerza y en cualquier momento el caballo se dispondría a revelarnos un gran secreto. Sin embargo se acercó lentamente hacia nosotros y nosotros hacia él. Le acerque mi mano lentamente hasta que pude acariciar su suave frente. Javi hizo lo mismo. El caballo se dio la vuelta y nosotros nos alejábamos antes de recibir una coz.
De regreso, entusiasmados, comparábamos las emociones que habíamos vivido hace unos segundos y llegamos a la conclusión de que se había producido un acto maravilloso.
Ya estábamos de regreso al mundo urbano cuando oímos un persistente ladrido. Miramos al perro con atención mientras se acercaba otro perro que acompañaba ladrando al primero. Para nuestra sorpresa ladraban a un pequeño gato negro muy asustado y acorralado. Javi dijo: ¡Hostia! Los perros miraron a Javi como si de algún modo comprendiesen lo que estaban haciendo. Entonces se alejaron y nosotros seguimos nuestro camino final hasta casa.
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