Hubo una niña, que nació con el viento, luciendo el claroscuro de las nubes al pasar. El sol se ponía en poniente casi rojo como las hojas del otoño. En aquel momento un niño cualquiera -un niño que juega con los amigos al balón, que pega a una niña ñoña o se ríe de ella- quedo hipnotizado ante la imagen de un ser divino, que lo crea todo y lo mantiene vivo. Y quiso montar en un ser alado, que le llevara a aquel sol y que le hiciera derretirse. Este niño se llama David y desde aquel día dejó de ser un niño cualquiera. Desde entonces sólo fue capaz de una cosa, de anclarse a un imagen, y de algo más... Soñar. Con imágenes, con sonidos, con palabras, pero no sueña con aplausos. Como carece de acto proclama a la potencia y es capaz de filtrar cualquier impulso. Por eso no se esfuerza. "Si durmiera día y noche... Es posible que sueñe algo mucho mejor que estar despierto todo el día."
De repente una pelota lo golpeó. Había creado todo un mundo de quince minutos y ningún tiempo volvería a ser el mismo.
¿Qué puede sacar de todo esto? Seguro que el tiempo le da la razón. El tiempo se la dará... ¿Dónde está ese tiempo? Le abandonó al detenerse. Esto es mucho decir.
"¿Dónde estás tiempo? ¿No me abandonarás tú también?", se remonta así mismo...
“Cómo no te voy a abandonar si no me aceptas como soy. Me voy y volveré el día que tú estés.”
Con una breve introducción de sí mismo él cerrará la puerta del apartamento. Ha decidido salir, coger su bicicleta y se dice: “he de ahorrar toda la energía de mis palabras para transformarla en movimiento, si todo lo que digo no me conduce a ningún cambio, que al menos el pedal me de lo que busco”.
Y parece que el manillar, los frenos y pedales idearon un plan para ponerse de acuerdo.
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