No estaba segura de dar un sólo paso hacia el tren, X (aquella cuidad) conseguía hacer que me equivocase continuamente, o no, de todos modos me arme de coraje y me embarque. Durante el viaje mi cabeza empezaba a ser un disco repetido. Eso es lo que pasa. Pero realmente sabía que no tenía porque asustarme de ir, no era nada innovador, tal vez era eso lo que me inquietaba.
Ya en el destino mi pulso latía con más fuerza. La mejor decisión fue llamar a un taxi. Desde la ventanilla las calles parecían otras.
En el porche de la casa posé la maleta y me senté a observar la calle, hacía frío. Pensé que la vida que quería vivir allí empezaba a verse de otro modo. Aún así no dejé que el miedo derrotara mis ideas. Sabía que tenía algo, al menos un espacio donde crear y mucho trabajo.
Al caer la noche decidí salir a dar una vuelta por la ciudad, pequeña. La noche es capaz de transformar cualquier cosa, en cualquier lugar. No sabía a dónde dirigirme exactamente y rodeé varias veces las calles hasta decidirme.
Entré en un bar. Todos los que allí estaban resultaban demasiado alborotadores y hormonados, una feria de argumentos disparatados; resultaba divertido. Yo ya pertenecía ipso facto al grupo de la barra, de modo que era un caramelito para los hombres solitarios y cabizbajos que nunca abandonan su asiento.
Lo más acertado fue cambiar varias veces de bar, no todos eran iguales. La vida nocturna se mostraba vaga y sin estímulos.
Pedí una copa más, y empezaba a estar borracha, ni siquiera pensaba.
Poco a poco los pies se movían para apartar el miedo, aún así en todo momento me tenía que medir. Las personas no bailan en los bares al menos que vayan en grupo, algo les hace sentirse cohibidos. Se pasan las horas hablando transmitiendo información como ordenadores.
Yo me agarraba a la idea de estar borracha aunque no la necesitaba.
Entró un grupo de gente, al que salude sin mucho entusiasmo. Entre una de las caras conocidas se hallaba el motivo de mi salida nocturna. Nuestras miradas se cruzaron. En su reacción no pude ver nada, ni sorpresa ni alegría. Me acerqué y mantuvimos una conversación plana: cómo te va, qué es de tu vida... en el fondo yo tenía mucho más que decir, pero me callé. Terminé la copa, y una disimulada salida con un "hasta luego" poco sonado.
De vuelta recapitulé el día y la noche, una historia casi cíclica, aunque cada vez con menos argumentos.
1 comentario:
pasa a menudo eso de que uno siente que no tiene nada que decirle a otro
pero a veces pasa que sí hay algo que decir
que tu pepino con moho se convierta en un jardín de rosas, ese es mi deseo y mi bendición
un beso y felicidad
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